Torre Mudéjar

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La Torre Mudéjar de Jérica es el símbolo de identidad más representativo de la villa. Declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1979, su imponente silueta se alza sobre un cerro en pleno casco urbano. Los orígenes de esta estructura se remontan al siglo X, en época islámica, cuando funcionaba como un fortín defensivo conocido como la Torre de la Alcudia.
Posteriormente, entre los siglos XIV y XVII, el interior de su primer cuerpo albergó la capilla dedicada a San Luis. En 1614 el Consejo de la Villa decidió emprender la transformación del antiguo torreón para erigir sobre él el nuevo campanario, con el objetivo de situar las campanas en el centro del municipio para que sus toques llegasen a toda la población. Las trazas originales del proyecto fueron encomendadas al monje cartujo de Porta Coeli, Fray Antón Ortín, adjudicándose la obra al maestro cantero Domingo Frasnedo. Sin embargo, la estrechez económica de la localidad motivó la incorporación de Fray Pedro Ruhimonte, cartujo de Val de Cristo, como director técnico, quien modificó el diseño suprimiendo una de las linternas intermedias para abaratar los costos sin perjudicar el conjunto. Las obras concluyeron en 1622 con la colocación del remate del águila y la cruz, alcanzando un coste de 3.278 libras sufragadas por los vecinos mediante donaciones e impuestos.
A lo largo de los siglos, la torre ha presenciado intensos episodios bélicos y contratiempos naturales. En 1838, durante la Primera Guerra Carlista, se ordenó fortificar su base con un reducto pentagonal para proteger el paso hacia Aragón. En 1874, las tropas carlistas terminaron por destruir el castillo envolvente. Asimismo, la estructura sufrió el impacto de rayos —uno de los cuales causó la muerte del campanero Mateo Cortés a principios del siglo XX— y daños en la Guerra Civil. El tejado fue restaurado tras la contienda por Regiones Devastadas, y las grandes intervenciones patrimoniales culminaron en 1982 con el Ministerio de Cultura y en 1995 con la rehabilitación del recinto amurallado por la Generalitat Valenciana.
Más allá de su valor arquitectónico, la torre alberga una emotiva historia humana. Entre la década de 1940 y principios de los años 70, sirvió como residencia para la familia del campanero Basilio. En una reducida vivienda de apenas 15 metros cuadrados, situada entre el establo del primer piso y el almacén de trigo del tercero, habitaron cuatro personas sin luz ni agua corriente. Tras el fallecimiento de sus padres, su hija Vicenta asumió el oficio, convirtiéndose en una de las pocas campaneras de la época. Vicenta ejecutaba diariamente los toques de ángelus, fiesta, arrebato y difuntos, accionando las campanas pequeñas mediante cuerdas conectadas a la cocina y subiendo a la espadaña para voltear las grandes piezas en ocasiones solemnes.
El recinto conserva campanas históricas y destacó por su modernidad al contar con reloj desde su edificación, destacando la maquinaria instalada en 1921 por el relojero Gonzalo Tena, de Segorbe. Esta valiosa tradición sigue viva en el municipio gracias a que el volteo de las campanas se realiza de forma exclusivamente manual. Esta singularidad cobra aún más relevancia teniendo en cuenta que el toque manual de campanas español fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO el 30 de noviembre de 2022, convirtiendo a Jérica en un custodia viva de este bien patrimonial universal.
Fuente: Gonzalo Mateo Cortés
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